EL ARTE COMO REFLEXIÓN ÉTICA
María José Carolinas Madurell


Resulta obvio que cada individuo, a nivel intelectual, es el producto-consecuencia de su trayectoria vivencial, tanto a nivel social como político y por tanto es también un contenedor residual de todas aquellas experiencias que han tenido un protagonismo en su vida. Esta realidad se hace más patente cuando se trata de un artista que tiene la capacidad de transportar todo un bagaje a una formulación plástica que puede expresarse en cualquiera de los ámbitos creativos, como el teatro, la literatura, la danza y evidentemente el arte plástico, el cual de manera especial durante todo el siglo XX, ha servido como reflejo de las situaciones sociales, ideológicas o culturales. Desde la vanguardia rusa en la segunda década del siglo hasta el Pop de los años sesenta, pasando por el futurismo con el manifiesto de Marinetti y los postmodernismos, transvanguardias y todos los "neos" del último cuarto de siglo que ponen de relieve, especialmente estos últimos, la falta de creatividad y también de originalidad, desgraciadamente muy entronizadas.
La plástica ha tenido durante este siglo, el papel de gran pantalla en la cual se han proyectado los desarrollos, necesidades, provocaciones, fobias y todas las filias de la sociedad por lo cual entre múltiples discursos podemos admitir que el artista es el elemento mediático para su expresión popular.
Un buen ejemplo de artista que ha almacenado gran cantidad de pruebas emocionales, realizadas obligatoriamente por las diversas circunstancias políticas de su país natal, Argentina, es Carlos Matesanz. Licenciado en Bellas Artes, comprendió desde los inicios de su trayectoria el significado que posee el blindaje con el que se camufla la usura mental y social que desde hace varias décadas imprera en el ámbito internacional. Una usura que hoy transpira por los poros de la piel colectiva de una sociedad mundal que no esĄta dispuesta a conceder generosidad a su evolución o a sus acontecimientos, actuando vampíricamente con los individuos, que pierden el valor de contenedores de sentimientos y emociones, segregándoles a la calidad de peones de un ajedrez en el cual no resulta fácil ser vencedor.
Matesanz es perfectamente consciente de la pérdida de valores espirituales, que sin duda están transformando la realidad cotidiana y que colabora a la supervaloración del hecho crematístico, como indispensable, protagonista de la historia de este final de siglo. Estos planteamientos que aparecen actualmente como muy evidentes no han surgido de manera espontánea, sino que es el fruto de una trayectoria que ha ido dejando a un lado los idealismos para convertirse en una sociedad marcada por el poder del dólar, una realidad que ya ha tenido diversas manifestaciones en los conflictos de América del Sur, desde hace varias décadas: Chile, Panamá, Colombia y Argentina son algunos ejemplos de países con una torturada historia en la segunda mitad del siglo XX.
Carlos Matesanz es un superviviente de los genocidios que se produjeron en su país natal y considera que aquella usura ejercida en la periferia de las grandes sociedades comporta destrucción y como casi todos los que razonan de manera independiente sabe que las intervenciones en según que conflictos internacionales vienen determinadas por el grado de rentabilidad de los mismos, como por ejemplo Bosnia e Irak, si interviene o no en el mercado del petróleo.
Argentina, el país natal de Carlos Matesanz, gozaba de un gran potencial de materias primas que permitían una importante economía, pero este país ha sido uno de los mayores explotados por la codicia de sus gobernantes y la voluntad de especulación que ha generado grandes desniveles económicos entre la población y mayores crisis económicas. Si el arte ha sido, mayoritariamente, en este siglo una bandera que apostaba a favor o en contra de ciertos aconteceres y los artistas sus defensores o detractores, Carlos Matesanz, considera que, actualmente, los artistas viven una época de compromiso no-comprometido, hecho curioso cuando es difícil que un individuo sensibilizado por el arte puede vivir al margen de tantos acontecimientos como suceden en el mudo, pasando a convertirse muchos artistas en ejecutivos de arrugas más o menos bellas. Mentalidad de burócrata es la que impera en muchos artistas, la cual no corresponde en absoluto con los planteamientos necesarios para realizar un trabajo creativo. Plantearse, en primer lugar, el posterior resultado del trabajo, especialmente desde la óptica de remuneración económica, realizándolo con unas premisas que resulten atrayentes para el mercado, no es precisamente el pensamiento de idealismo puro que se supone en el auténtico artista.
No es fácil para un artista, con una conciencia política de lo que significa la paz para la sociedad, que en sus viajes a Argentina niños entre doce y quince años, hijos de sus amigos a los que mataron entre montañas de cadáveres, a los que sacaban de sus casas de madrugada sin pertenecer a guerrillas sino por tener un pensamiento que no coincidiera con el oficialista, le pregunten ¿Cómo era mi padre?. Pregunta incontestable desde la vertiente emocional, siendo, todos ellos sus antiguos compañeros de escuela, de Facultad, jóvenes que tenían una postura a favor de las libertades en la sociedad a la que pertenecían, pero sin pertenecer a ningún grupo político o banda sino que fueron presos por vestir de una manera determinada, consultar determinados libros en una biblioteca abierta al público o por dar un beso, en la calle, a su pareja como le ocurrió a Carlos Matesanz. Compañeros, los de este artista con los que compartió los momentos importantes de su juventud: la graduación, en sus estudios, el matrimonio y el nacimiento de sus hijos, aquellos que hoy se preguntan como debían ser sus progenitores y sus abuelas pasean, todos los miércoles, por la Plaza de Mayo, en Buenos Aires, con su pañuelo en la cabeza, reclamando conocer el paradero de sus hijos o el lugar donde fueron enterrados.
A Carlos Matesanz, le gustaría librarse del compromiso de realizar un trabajo artístico, aunque su vida está absolutamente sometida a una "cantaris" que implica la dureza de un sentido propio de libertad, tal y como se produce en el mecenazgo del siglo XXI, que implica sometimiento a los valores del marketing y comerciales. Es por todo ello que podemos decir que sólo la gran libertad del artista se desarrolla en la representación de la realidad y en ejercer el arte como una toma de consciencia la misma que se pone en pie de alerta ante cualquier acto poco ético hacia la colectividad y de falta de respeto hacia las libertades más intrínsecas del ser humano, realidades concienciadas a partir de haberlas padecido en su propia persona.
Quien podría atreverse a dudar de que un artista nacido y formado en Argentina, entre temor e inseguridad, no tenga como primera pretensión la ejecución de una radiografía del individuo y su colectividad a nivel filosófico, sociológico y Psicológico. Una manera de hacer que tiene sus antecedentes en personajes como Alberto Heredia, escultor, que fue maestro de Matesanz.
Desde hace muchos años, antes de volver a su patria familiar, España, Matesanz, posee un pensamiento muy claro de lo que significa y le permite el arte plástico como instrumento de expresión de la fuerza de sus emocionalidades, muchas de ellas esperando la posibilidad de expresarse con la rotundidad, tamaño y materiales que más adecuados le parecen al artista para ello, y de una manera lo más precisa posible.
Carlos Matesanz realiza grandes piezas, especialmente con dos materiales: el hierro, que es el soporte estructural para las grandes superficies de vidrio en las que se ha intervenido con ráfagas de ametralladora, las cuales, además de agujeros, han creado gran cantidad de estrías al azar, y que conceden formas muy diversas y espectaculares. En algunos casos, los mínimos, el vidrio ha sido horadado con calor y posteriormente se han introducido en él algunos elementos que manifiestan volumen por ambas partes.
Carlos Matesanz mutila el vidrio, como se mata a los hombres en situaciones no democráticas, al alba, a las afueras de la ciudad, hombres de los que quizás nunca se vuelve a tener noticias. Este artista entiende el arte como un atentado que también es factible sobre soportes humanos, su trabajo tiene, y no pretende ocultarlo, el valor de crítica a la represión y a la intolerancia que se producen en tantos países del globo.
Fuera de su país desde hace muchos años e instalado en Mallorca, Carlos Matesanz, realiza su trabajo escultórico además de cómo homenaje a todos aquellos que cercanos a él fueron víctimas de las injusticias más exacerbadas, sino también de crítica a todas las posturas beligerantes, que muestran el mayor desprecio a la vida humana y a la usura ética que se produce en tantos lugares del mundo y sobre los cuales corremos el riesgo de acabar inmunizados ante su presencia constante en los informativos de la televisión y la prensa escrita. Recordar los conflictos que, actualmente tienen lugar en países muy distanciados geográficamente, puede significar, para todos los individuos un acto de reflexión ética hacia el ser humano, que evidentemente, nos impedirá, en gran manera, tener ciertas actitudes.
Con un cierto retaso de casi dos años, finalmente, tenemos la posibilidad de conocer la obra escultórica de Matesanz, en la cual los materiales tienen un papel importante y especialmente le tratamiento que el artista les ha concedido como expresión de sus criterios humanísticos y como una voluntad de reflexión ética, en la cual podemos constatar el hierro oxidado, respetando sus reacciones, el vidrio resistente, pero al fin vulnerable bajo la fuerza de las armas, que fueron disparadas ayer, las que se disparan hoy y esperemos que no lo sean mañana, porque, como apuntaba Marcel Proust: el tiempo es esencialmente un rasgo humano.
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